Ficha técnica
Título: Los imposibles
Autor (es): Ema Wolf
Sello: SUDAMERICANA INFANTIL JUVENIL (1988) 
Idioma: Español
Formato, páginas: RÚSTICA, 48
Medidas: 12.6 X 19.5 mm
Colección: Pan flauta
Edad recomendada: A partir de 9 años

Sinopsis
¿Puede abuela usar chupete? ¿Puede un vampiro tomar sol? ¿Puede un hombre destejerse, acaso? ¿Puede estar ágil una oveja comiendo solo pasta frola?
Todas las respuestas en este libro, donde lo increíble es creíble, lo creíble increíble y esas cosas

Índice
• El señor Lanari
• La familia invisible
• La sombra del conejo Ricur 
• Carta de Drácula a su Tía
• La nona Insulina
• La oveja 99 
• La cuenta de los cangrejos
• El centauro indeciso
• La gallina aeronauta
• El maldito mejillón


Cuento» El señor Lanari 

A las 9 de la mañana del domingo el señor Lanari empezó a destejerse.

Y fue así:

Como todos los días, antes de salir de su casa, se despidió de su perro Firulí con un abrazo y un beso en el cachete.

Pero esta vez —¡oh!— una hebra de su gorro de lana quedó atrapada entre las mandíbulas de Firulí. Ninguno de los dos se dio cuenta.

El señor Lanari cruzó el jardín y llegó a la vereda.

Como Firulí rara vez se molestaba en abrir la boca, la hebra de lana tampoco zafó de entre sus dientes.

¡Y fue ahí justamente cuando el señor Lanari empezó a destejerse!

Por suerte era domingo. A medida que se alejaba de su casa, el destejido avanzaba.
Camina que te camina. Desteje que te desteje. Detrás de él iba quedando un tallarín de lanas de colores cambiantes.

El señor Lanari se sentía cada vez más disminuido: cuando paró en la esquina de la confitería para comprar merengues ya se había destejido todo por arriba.

Encima del bolsillo del chaleco ¡no había nada!

Así siguió.

Punto por punto, paso a paso, el destejido avanzó hasta la cintura. Y más. Y más abajo.

Por suerte era domingo, porque todos los domingos iba a visitar a su abuela.

Cuando llegó a la puerta de la casa de su abuela, en el lugar donde debía estar el señor Lanari sólo quedaban las medias que también habían empezado a destejerse.

Cuando la abuela lo vio, dijo: “¡Pero qué barbaridad!”.
Entonces agarró un par de agujas, ensartó los puntos sueltos de las medias y desde allí empezó a tejerlo de nuevo.

Todo.

Completo.

Tejió al señor Lanari de pies a cabeza. Cuando llegó al gorro, naturalmente apareció Firulí con la punta de la hebra todavía en la boca. Sólo la abrió cuando los tres se sentaron a comer merengues.




FIN


Ilustración: ©Catalina Juarros
Visto y leído en: A puro cuento 


Cuento» La familia invisible 



Había una vez un señor y una señora invisibles. También una linda nena invisible. En suma: una familia.

Vivían en Boulogne. Apenas llegaron al barrio, los vecinos tuvieron que acostumbrarse a algunas cosas que eran raras sólo en apariencia: la máquina de cortar el pasto funcionaba sola; la bicicleta se mantenía parada en medio de la vereda. Todo el mundo reconocía a los invisibles por el perfume y por el perfume los saludaba en el barrio.

La familia tenía siempre un rico olor a talco de azucenas.

Cuando alguien olía venir las azucenas, saludaba hacía allí sin ninguna duda: 

—Buenas tardes.

—Buenas tardes —respondía alguno de los invisibles: la mamá, el papá, la nena…

Cuando llegó el mes de septiembre, florecieron las azucenas en los jardines. Entonces hubo algunos días de confusión.

Sin querer, los vecinos dejaron de saludarlos. O saludaban al aire creyendo que los invisibles estaban allí.

Ni bien se dieron cuenta del error, reemplazaron discretamente sus azucenas por portulacas, que no huelen a nada.

Pero en marzo los vecinos notaron algo diferente.

Un cierto aroma a humedad, a zorrino joven, a pelele en día de estreno, a zoológico recién inaugurado, aleteaba por la vereda mezclado con el olor a talco de azucenas.

El barrio entendió enseguida.

Se alegraron mucho y felicitaron sinceramente a la familia. 

El nuevo bebé invisible tomaba leche de una teta invisible, pero en todo lo demás era igual a los otros bebés.




FIN


Visto y leído en: 

-Longseller Cuentos Tucán Clic1
http://www.longseller.com.ar/cuentostucanclic1/04-la-familia-invisible.html
-LOS PEQUES DE PRIMERITO
http://lospequesdeprimerito.blogspot.com.ar/p/blog-page_6552.html
-EXPLORANAUTAS - Un blog para exploradores y navegantes de la literatura
http://exploranautas.blogspot.com.ar/2011/06/los-invisibles-habia-una-vez-un-senor-y_4818.html
Ilustraciones: ©Longseller Cuentos Tucán Clic1
http://www.longseller.com.ar/cuentostucanclic1/


Cuento» El centauro indeciso 


Casi llegando a Dolores yo vi un centauro. 

Estaba parado a cincuenta metros de la ruta. 

Mitad hombre, mitad caballo. 

Mitad caballo, mitad hombre. 

El centauro quería comer porque era pasada la hora de la merienda. 

A su derecha se extendía un campo jugoso de alfalfa fresca. 

A su izquierda, un puesto de choripán. 

—¿Qué como? —dijo—. ¿Alfalfa o choripán? ¿Choripán o alfalfa? 

Dudaba. 


Y tanto dudó que se fue a dormir sin comer. 

—¿Dónde duermo? —dijo—. ¿En una cama o en un establo? ¿En un establo o en una cama? 

Dudaba. 

Y tanto dudó que se quedó sin dormir. 

Mucho tiempo sin comer y mucho tiempo sin dormir, el centauro se enfermó. 

—¿A quién llamo? —dijo—. ¿Al médico o al veterinario? ¿Al veterinario o al médico? 

Dudaba. 

Y tanto dudó que se murió. 

—¿Dónde van los centauros cuando mueren? —me dije entonces yo. 

Y como no lo sé, agarré y lo resucité. 


FIN 


Visto y leído en: 

-LOS USOS DE DROGAS Y SU ABORDAJE EN LA EDUCACIÓN - VIII. CUENTOS. Pág. 181 - C.E.I.P. (Consejo de Educación Inicial y Primaria.) Montevideo, Uruguay.
http://www.cep.edu.uy/documentos/2012/publicaciones/UsosdeDrogas.pdf
-AL SITIO LENGUAS, de Marcela Spezzapria. Profesora - Buenos Aires, Argentina.
https://es.scribd.com/document/241230122/Ema-Wolf-El-centauro-indeciso-Los-imposibles
-A PURO CUENTO: LACITY 105.3 RADIO COMUNITARIA, Uruguay
http://apurocuento11.blogspot.com.ar/2012/06/el-centauro-indeciso-ema-wolf-una-vez.html


Cuento» Carta de Drácula a su Tía 


Querida tía Brucolaca:

¡Cuánta razón tenían vos y el tío Malmuerto cuando me decían que nunca me asomara de día fuera del castillo!

Te cuento:

El jueves puse el despertador a las doce de la noche, como siempre, y sonó a las doce del mediodía.

¡Qué desgracia!

Un rayo de sol me dio en plena cara y cuando quise acordarme, me había llenado de pecas.

¡Sí, tía! Oíste bien: ¡PECAS!

Es común que eso le pase a los mortales. Pero, como te imaginarás, es terrible para la gente como uno.

Ahora los muchachos se ríen y me gastan. Boris, Vampirofredo y el Bebe Colmillo no quieren salir más conmigo de noche. Dicen que soy un quemo.

Por favor, titíta: mandame ciento veinte pomos de Pecasín y una crema para la napia que se me peló un poco.

No te demores. Voy a quedarme encerrado hasta que recupere mi saludable color verdoso.

Un beso de tu sobrino que te adora,

Drácula




FIN


Visto y leído en: 

-ALAS DE PAPEL 2 - Guía día por día - pag. 94 - © Longseller, 2016.
https://es.scribd.com/document/311282563/alas-de-papel-2
-Biblioteca "Carlos R. Vignale" Esc Nº4 DE 4
http://biblio4de4.blogspot.com.ar/2014/07/carta-de-dracula-su-tia-respuesta-de.html

CUENTO: BARBANEGRA Y LOS BUÑUELOS



Lo que casi nadie sabe es que a bordo del barco del pirata Barbanegra viajaba su mamá. Doña Trementina Barbanegra –así se llamaba la señora— trepó por la escalerilla del Chápiro Verde una mañana en que su hijo estaba a punto de hacerse a la mar. Subió para alcanzarle el tubo del dentífrico concentrado que el muy puerco se olvidaba.

El barco soltó amarras y nadie notó sino hasta tres días después que la señora estaba a bordo.

—¡Madre! –dijo Barbanegra al verla.

—¡Hijo! –dijo Trementina.

Y se quedó.

El amanecer, el mediodía y el crepúsculo la encontraban en cubierta sentada sobre un barrilito de ron antillano atenta a los borneos del viento, vigilando el laboreo de las velas y desparramando advertencias a voz en cuello. Nadie como ella para husmear la amenaza de los furiosos huracanes del Caribe, a los que bautizó con los nombres de sus primas: Sofía, Carla, Berta, Margarita...

Mientras tanto, tejía. De sus manos habilidosas salían guantes, zoquetes de lana, pulóveres y bufandas en cantidad. Los hombres de Barbanegra, abrigados como ositos de peluche, sudaban bajo el sol del trópico. EL jefe pirata impuso castigos severos a los desagradecidos que se quejaban.

La cosa es que Trementina estaba ahí; día tras día meciéndose a la sombra de la vela mayor con los pies colgando del barrilito y sermoneando al loro cuando no se expresaba en correcto inglés.

Pero además –y este es el asunto que importa— la señora Barbanegra hacía buñuelos.

Una vez por semana se zambullía en la cocina del Chápiro Verde y forjaba una media tonelada de buñuelos; que eran muchos, pero no tantos si se considera el peso de cada uno. La mayor parte se comía a bordo, el resto se cambiaba en las colonias inglesas por sacos de buena pólvora.

El último amotinamiento –lo mismo que los tres anteriores— se había producido a causa de los buñuelos.

Un artillero veterano dijo que prefería ser asado vivo por los caníbales de la Florida antes que comer uno más de aquellos adoquines. Efectivamente, cuando lo desembarcaron en la Florida se sintió el más feliz de los hombres.

Más que comerlos, había que tallarlos con los dientes. Se sospechaba que estaban hechos con harina de caparazón de tortuga y al caer en el estómago producían el efecto de una bala de cañón de doce pulgadas.

A Barbanegra le encantaban.

En Puerto Royal compraron una partida de polvo de hornear para hacer más livianos los buñuelos, pero no sirvió de nada. La tripulación del Chápiro Verde había perdido todos los dientes. Ya nadie era capaz de sujetar el sable con la boca cuando saltaba al abordaje. Los hombres más rudos terminaron comiendo el pescado con pajita.

Barbanegra, en cambio, devoraba un buñuelo tras otro con formidable gula. Su madre, que vivía retándolo por esos atracones, terminó prohibiéndole que comiera más de cuarenta por día.

Hasta que sucedió lo que sigue.

Una madrugada de julio el vigía avistó un barco.

—Es francés –dijo Trementina Barbanegra sin levantar los ojos del tejido—. Les vengo diciendo que es peligroso andar por estos lugares. ¡Pero para qué! Si me hicieran caso... etcétera, etcétera...

En efecto: era la nave del capitán Jampier.

El capitán Jampier no podía ver a Barbanegra ni en la sopa.

Los dos barcos se aproximaron amenazantes. Ninguno estaba dispuesto a regir el combate. Las tripulaciones hormiguearon por la cubierta amontonando municiones y afinando los trabucos.

—¡Te voy a hacer picadillo! –gritó el pirata inglés.

—¡Y yo te voy a hacer paté! –le contestó el francés.

Los hombres de uno y otro bando aullaron para infundirse coraje y meter miedo a la vez.

Cuando las naves estuvieron a poca distancia volaron los garfios de abordaje y en minutos las dos quedaron pegadas como siamesas.

Todos los franceses saltaron al barco inglés y todos los ingleses al barco francés.

Los capitanes entendieron que así no se podía pelear. Ordenaron a sus tripulaciones dividirse; la mitad de cada una volvió a su respectivo barco para iniciar el combate. Y se inició.

Silbaban los sables. Tosían las armas de fuego. Sangraban los hombres por las narices y escupían muelas. Arreciaban los graznidos histéricos del loro y las protestas de mamá Trementina que trataba de proteger sus ovillos de lana. ¡La pelea era feroz!

Barbanegra y Jampier, desde los puentes de mando, se medían con la mirada.

Lenta, sigilosamente, con movimientos de babosa, cada uno fue acercando la mano a la cintura donde guardaba la pistola.

En lo más recio del combate los piratas advirtieron lo que iba a suceder: sus capitanes estaban a punto de enfrentarse en un duelo personal. Dejaron de combatir.

Todos los ojos en compota se posaron sobre esos dos demonios: Barbanegra y Jampier, Jampier y Barbanegra.

Durante cinco minutos nadie respiró.

La vista es demasiado lerda para percibir lo que pasó entonces. Las dos pistolas hicieron fuego al mismo tiempo.

¡¿Y?!

Un aro voló de la oreja izquierda de Jampier y se perdió entre los atunes del fondo del mar.

¡Pero su bala había dado en el pecho de Barbinegra!

Ustedes pensarán: murió.

No, no murió.

¡Un buñuelo! ¡Un bendito y providencial buñuelo se interpuso entre la bala y su cuerpo! Debajo de la tricota de lana Barbanegra había escondido un buñuelo de los que preparaba su madre, robado de la cocina la noche anterior. Al chocar con él, la bala se deshizo como un supositorio de glicerina sin herir al pirata.

Los hombres del inglés aullaron de felicidad. Locos de contento vivaban a su jefe y bailaban en una pata aunque fuese de palo.

¡No lo podían creer!

Jampier no entendió nada, pero rabiaba.

El combate se suspendió hasta nueva fecha y cada uno se fue por su lado.

Esa noche en el Chápiro Verde atronaron las canciones piratas festejando el episodio hasta que mamá Trementina mandó a dormir a todo el mundo.

Al día siguiente se creó la orden del Buñuelo y desde entonces todos los hombres de Barbanegra llevaron uno colgando sobre el pecho.

Y dicen que eso los volvió invulnerables.



FIN

Barbanegra y los buñuelos
WOLF, Ema
Buenos Aires: Colihue, 1994. Col. Libros del Malabarista

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Visto y leído en: Leer y escribir. Antología. Cuadernos para el aula. - 1a ed. - Buenos Aires: Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación, 2007. (Formato pdf)



MeyFernando Rossia, Ilustración

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CUENTO:                               FILOTEA




Filotea tenía que tomar una decisión importante.
- ¿Me tiro o no me tiro?
Miró para abajo.
-¡Gggg! ¡Me da vértigo!
Volvió a mirar.
-¡Gggggggggg!
Se dijo a sí misma: “Filotea, coraje.”
Juntó las manos, cerró los ojos, apretó la respiración, tomó impulso y… no se tiró.


-¿Qué hago?
Se puso rodilleras, muñequeras, zapatos de corcho, un almohadón en el traste.
-Ahí voy. Un, dos, trr…
No fue.
-¡Es tan alto! ¿Y si me estrello? Necesito más protección.
Se puso un chaleco neumático, un casco, un paracaídas en la espalda. Lo último fueron las antiparras.
Entonces sí: pegó envión y zzzzzzzz cayó planeando sobre la vereda sin romperse nada.


Las hojas como Filotea siempre exageran un poco, pero al final, en el otoño, se animan y zzzzzzzz caen.


FIN


Filotea y otros cuentos, de Ema Wolf. Editorial: Alfaguara. Ilustrador: Matías Trillo. Serie: Amarilla (desde 6 años)

Siete cuentos breves y simpáticos en los que las historias se van complejizando desde el relato sencillo de una hoja que cae de un árbol en otoño hasta una original aventura a bordo de una isla flotante. Hipopótamos, cocodrilos, tiburones, abejas y más personajes divertidos se dan cita en este libro con el humor que caracteriza a Ema Wolf.
Visto y leído en: 

DECIMOS LEE

LO QUE LEO SANTILLANA
CUENTO: EL  REY  QUE  NO  QUERÍA  BAÑARSE


Las esponjas suelen contar historias muy interesantes, el único problema es que lo cuentan en voz muy baja y para oírlas hay que lavarse muy bien las orejas. Una esponja me contó una vez lo siguiente: En una época lejana las guerras duraban mucho, un rey se iba a la guerra y tardaba treinta años en volver, cansado y sudado de cabalgar, y con la espada tinta en chinchulín enemigo.

Algo así le sucedió al rey Vigildo. Se fue a la guerra una mañana y volvió veinte años más tarde, protestando porque le dolía todo el cuerpo.

Naturalmente lo primero que hizo su esposa, la reina Inés, fue prepararle una bañera con agua caliente. Pero cuando llegó el momento de sumergirse en la bañera, el rey se negó.

-No me baño –dijo-¡No me baño, no me baño y no me baño!

La reina, los príncipes, la parentela real y la corte entera quedaron estupefactos.

-¿Qué pasa majestad? – preguntó el viejo chambelán- ¿Acaso el agua está demasiado caliente? ¿El jabón demasiado frío? ¿La bañera demasiado profunda?-No, no y no –contestó el rey- pero yo no me baño nada.

Por muchos esfuerzos que hicieron para convencerlo, no hubo caso.

Con todo respeto trataron de meterlo en la bañera entre cuatro, pero tanto grito y tanto escándalo formó para escapar que al final lo soltaron.

La reina Inés consiguió cambiarle las medias,-¡las medias que habían batallado con él veinte años!- pero nada más.

Su hermana, la duquesa Flora le decía:
-¿Qué te pasa Vigildo? ¿Temés oxidarte o despintarte o encogerte o arrugarte..?

Así pasaron días interminables. Hasta que el rey se atrevió a confesar.

-¡Extraño las armas, los soldados, las fortalezas, las batallas! Después de tantos años de guerra, ¿qué voy a hacer yo sumergido como un besugo en una bañera de agua tibia? Además de aburrirme, me sentiría ridículo.
Y terminó diciendo en tono dramático: ¿Qué soy yo, acaso un rey guerrero o un poroto en remojo?

Pensándolo bien el rey Vigildo tenía razón. ¿Pero cómo solucionarlo? Razonaron bastante, hasta que al viejo chambelán se le ocurrió una idea. Mandó hacer un ejército de soldados del tamaño de un dedo pulgar, cada uno con su escudo, su lanza, su caballo, y pintaron los uniformes del mismo color que el de los soldados del rey. También construyeron una pequeña fortaleza con puente levadizo y con cocodrilos del tamaño de un carretel, para poner en el foso del castillo.Fabricaron tambores y clarines en miniatura. Y barcos de guerra que navegaban empujados a mano o soplidos.

Todo esto lo metieron en la bañera del rey, junto con algunos dragones de jabón.
Vigildo quedó fascinado. ¡Era justo lo que necesitaba!

Ligero como una foca, se zambulló en el agua. Alineó a sus soldados, y ahí nomás inició un zafarrancho de salpicaduras y combate. Según su costumbre daba órdenes y contraordenes. Hacía sonar la corneta y gritaba:
-¡Avanzad mis valientes! Glub, glub. ¡No reculéis cobardes! ¡Por el flanco izquierdo! ¡Por la popa…!- Y cosas así.

La esponja me contó que después no había forma de sacarlo del agua.

También que esa costumbre quedó para siempre. Es por eso que todavía hoy, cuando los chicos se van a bañar, llevan sus soldados, sus perros, sus osos, sus tambores, sus cascos, sus armas, sus caballos, sus patos y sus patas de rana.

Y si no hacen eso, cuénteme lo aburrido que es bañarse.


FIN





“El rey que no quería bañarse” de Ema Wolf. En: ¡Silencio, niños! Colección Torre de Papel. Grupo Editorial Norma.
Visto y leído en:
DECIMOS LEE
Ilustración: Clodette Hernandez
Cuento» POBRE LOBO


Serían las cinco cuando Caperucita llegó a la casa de su abuela. Por supuesto, adentro estaba el lobo.

—Pasa, nena, está abierto —le dijo cuando escuchó los golpes en la puerta—. Y cerrá enseguida que hace un fresquete...


Caperucita puso la canasta sobre la mesa y se derrumbó en una silla.

—¡Qué voz ronca tenés, abuela! Ni que comieras tuercas. Al lobo le molestó un poco el comentario.

—Es por mi catarro de pecho, querida.

—Te traje caramelos de miel, yogur casero y no sé cuántas cosas más que metió la vieja en la canasta. Pesaba mil esta canasta. Ladrillos habrá puesto. Algo pegajoso se volcó adentro. Ahora que te miro bien: ¡qué boca enorme tenés! ¡Y qué dientes amarillos! ¿Siempre tuviste los dientes así de amarillos?


El lobo se incorporó en la cama para mirarse en el espejo. Tuvo que reconocer que no era una hermosura.

—Son los años, tesoro.

—Serán. Además es la primera vez que te veo los ojos así de colorados.

—Grandes, querrás decir.


—Sí, grandes también, pero yo digo colorados, colorados como los de los conejos.

Eso fue muy fuerte para el lobo. Nunca lo habían comparado con un conejo.

—Son para mirarte mejor, querida.

—¿Te parece?


Los comentarios de Caperucita siguieron.

—¡Qué orejas inmensas tenés abuela!

—Son para escucharte mejor.

—No me parece que hagan falta orejas así para escuchar bien. La gente tiene orejas normales y escucha lo más bien. ¿Y por qué tenés las uñas tan torcidas?

El lobo escondió las manos debajo de la frazada.

—Y decime, ¿cuánto calzas? Nunca vi unos pies tan grandes. Ni el tío Cosme tiene los pies de ese tamaño.


El lobo escondió las patas.

Caperucita seguía.

—Ese camisón te queda chico. ¿Engordaste?

—Tenes el cuello como, como lanudo..., como estropajoso... ¡Y bigotes!

—De las orejas te salen pelos negros.

—De la nariz también te salen pelos. Y te cuelgan unos m...


—¡Basta! —aulló el lobo.

Lloraba.

Saltó de la cama, tiró la cofia al suelo y se fue sin cerrar la puerta, de lo más deprimido.



FIN

Pobre Lobo se encuentra en el libro Filotea y otros cuentos,
escrito por Ema Wolf e ilustrado por Matías Trillo. Ediciones Santillana S.A.

Visto y leído en:
EDAIC Varela (Equipo Distrital de Alfabetización Inicial y Continua) 
http://www.cervantesvirtual.com/obra/pobre-lobo/
https://es.scribd.com/doc/169952374/Pobre-Lobo-Ema-Wolf-Cuento
http://www.slideshare.net/leticiabarthe/pobre-lobo